Opinión
¿Un alquiler como trinchera? Juventud, vivienda y ultraderecha en España

Por Alejandro Solís
Politólogo
Durante los últimos años, el problema de la vivienda en España se ha convertido en un problema político de primer orden, lo que ha provocado un desborde social en las calles de Madrid, Barcelona y otras ciudades del país en múltiples ocasiones en los últimos meses. Lo que comenzó el 13-O, y que continuará el próximo sábado, 5 de abril, refleja el hartazgo no sólo de una generación que está viendo cómo la posibilidad de emanciparse se está convirtiendo en un horizonte cada vez más lejano, sino también del conjunto de una población que está viéndose expulsada de sus ciudades por el encarecimiento del precio de los alquileres, la precariedad laboral y la especulación inmobiliaria.
A su vez, el avance de la ultraderecha en España, Europa y el resto del mundo se ha convertido en uno de los principales problemas para nuestros sistemas democráticos, más aún desde la llegada de Trump a la Casa Blanca hace tan sólo un par de meses, que ha provocado un terremoto en el orden internacional en cuestión de días. De hecho, esta expansión de la ultraderecha parece haber encontrado en el desencanto de los jóvenes un caldo de cultivo fértil para su expansión, lo que ha copado las columnas de opinión, las portadas y los análisis de los principales medios de comunicación en nuestro país. En ellas se preguntan por qué los más jóvenes están experimentando este giro ideológico. En este sentido, en Ideas en Guerra creemos que hay una vinculación entre el problema de la vivienda y el ascenso de la ultraderecha entre los más jóvenes que está pasando desapercibida.
Ahora bien, cuando hablamos del ‘auge de la ultraderecha’ entre los más jóvenes, es importante hacer una serie de matizaciones para no caer en la mistificación: la juventud no está votando en masa a la ultraderecha o, en el caso de España, a Vox. Los más jóvenes no son un ‘todo’ uniforme. De hecho, hace ya tiempo que la principal opción de voto entre los más jóvenes sigue siendo la representada por la desafección política: la abstención, la indecisión o el voto en blanco, como llevan mostrando los datos de 40dB o el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) desde hace varios meses.
Además, como se ha visto en las elecciones de Alemania, en el voto a la ultraderecha hay una importante división de género muy marcada: mientras que ellos se decantaron mayoritariamente por la ultraderecha representada por Alternativa por Alemania (AfD), ellas lo hicieron por Die Linke, el partido a la izquierda de los socialdemócratas. En este sentido, esta división no es propia de Alemania, sino que está presente en el resto de Europa —y del mundo— y, por supuesto, también en nuestro país, donde los votantes de Vox son, en su mayoría, hombres.
Dicho esto, es cierto que, según las últimas encuestas, los más jóvenes prefieren al Vox de Santiago Abascal frente al PP de Feijóo, que no está en su mejor momento. A la hora de explicar este fenómeno, hay una multiplicidad de causas, siendo la reacción ante la expansión del feminismo una de las que ha despertado más análisis. En este sentido, ante los avances significativos de los derechos y la representación de las mujeres hay quienes estarían percibiendo estos cambios como una amenaza a su estatus y oportunidades, lo que ha generado una insatisfacción que la ultraderecha ha sabido capitalizar.
Sin embargo, esta no es la única explicación. Las consecuencias del problema de la vivienda, que se han cebado con los más jóvenes, están provocando una inseguridad económica cada vez mayor, pero, sobre todo, desatendida. Esta sensación de desamparo económico no solo impacta en su calidad de vida, sino que también moldea su manera de entender la política y de canalizar su frustración.
Esto ha servido para que los partidos anti-establishment, entre los que se sitúa Vox —sirviéndose de su situación como ‘oposición’, a pesar de que, en muchos casos, son la más vívida representación del establishment—, estén aprovechando este descontento, que tiene un origen socioeconómico, para transformar esta sensación de deterioro en un descontento de carácter político que está dirigido hacia las élites políticas tradicionales. Esto, en último término, se traduce en un mayor apoyo para aquellas fuerzas políticas que desafían el statu quo, que problematizan esta situación.
Y, en esta ocasión, no se trata de que quienes sufren ese desgaste de carácter político —el Gobierno, entre otros— formen parte del establishment, sino de que sean percibidos como tal, siendo esto algo que, en los últimos tiempos, la ultraderecha ha sabido hacer indudablemente mejor en la mayor parte de Europa. Además, este problema está provocando una pérdida del apoyo a la democracia, algo que ya estamos viendo en nuestro país. De hecho, en España hay un 37,6% de jóvenes entre 18 y 24 años —uno de cada tres— que se muestran de acuerdo con la siguiente afirmación: "No me importaría vivir en un país poco democrático si me garantiza una mejor calidad de vida".
Ahí está la cuestión: la calidad de vida. Pero ¿qué acaba más con la calidad de vida de los jóvenes que la imposibilidad de acceder a una vivienda? Ya sea de alquiler o en propiedad, la difícil tarea de encontrar un techo bajo el que construir un futuro se ha convertido en el mayor símbolo de la precariedad juvenil. De hecho, y según el CIS, la vivienda es ya el principal problema que existe en nuestro país, muy cerca del máximo histórico del período de la burbuja inmobiliaria —hace casi dos décadas—, después del verano de 2007.
En este sentido, hay evidencia que demuestra que, en Alemania —el país con mayor porcentaje de vivienda en alquiler en la Unión Europea— los aumentos del precio del alquiler en los hogares de residentes de larga duración con bajos ingresos estarían provocando un aumento de hasta cuatro puntos porcentuales sobre la ultraderecha con un incremento de un 1 euro por m² en el precio del alquiler. Es decir, lo que equivaldría, en una vivienda de 50m², a un incremento de 50 euros al mes. Una situación que resulta familiar para muchos, por desgracia.
Aunque este análisis se centra en Alemania, sus conclusiones son una advertencia para toda Europa. ¿Por qué no podría ocurrir algo así en España? Sin estabilidad, no hay independencia, seguridad o un proyecto de vida. Y, mientras esta realidad persista, el resto de conversaciones en torno a la calidad de vida de los jóvenes serán, simplemente, una ilusión. Es por ello que el conjunto de las fuerzas progresistas -desde las que están en el Gobierno, a los partidos políticos, los sindicatos y el resto de los agentes sociales- deberían estar empujando por evitar una deriva que, más allá de no arreglar esta situación, podría costarnos mucho más.
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