Opinión
Ayuso o la fractura tecno-digital de la política

Por Álvaro San Román
Investigador en formación en el programa de Doctorado de Filosofía la UNED
Cien años después de que se creara la Compañía Telefónica Nacional de España, casi el 100% de los hogares españoles cuenta con teléfono móvil, y en las aulas se trabaja para que cada alumno tenga una tablet… hasta hoy. El ingente trabajo político por ir suturando la brecha tecnológica que el propio sistema va horadando en el cuerpo social desde hace cien años, ha llegado al paroxismo paradójico con Isabel Díaz Ayuso. Su inminente desdigitalización de las aulas madrileñas, apenas 4 años después de la hipertecnologización de las mismas, llega en el preciso momento en que la IA comienza a implantarse en todos los ámbitos de la vida. El carrusel tecnológico al que nos subieron hace tiempo, empieza a tomar velocidades de vértigo, y con la velocidad vienen los mareos, la percepción se altera, y aquellos límites claros y distintos que configuraban el horizonte de nuestras vidas, ahora se difuminan. Ayuso, preocupada por las adicciones digitales, y por el bienestar psicológico de los más pequeños, prohíbe el uso de las tablets en los colegios, los sindicatos se indignan, mientras ciertas voces de la izquierda llevan años abogando por la digitalización en las aulas. Muchos asisten atónitos y mareados a este pandemónium desatado en la arena política donde, ¡oh paradoja!, a la derecha parece importarle más la impronta social de la tecnología, y a la izquierda afianzar el sistema tecno-liberal. La atonía ideológica está servida.
Pero como decía Ortega y Gasset “es un síntoma de pulcritud mental, querer que las fronteras entre las cosas estén bien marcadas”, y en honor a esa pulcritud, para delinear en este momento de aparente caos las fronteras entre tecnología y política, quizás sea útil recordar un importante antecedente que inauguró este nuevo momento de atonía ideológica, y es que fue precisamente el demócrata Barak Obama quien abrió las puertas del reino de nuestra privacidad y de nuestras aulas a las grandes tecnológicas. Y de aquel improbable matrimonio estos tiempos, en apariencia, paradójicos.
Y digo “en apariencia” porque únicamente la paradoja surge si seguimos pensando que el tablero de juego político sigue siendo el mismo que se instauró tras la Revolución Francesa, si seguimos pensando que el poder se reparte únicamente entre la izquierda igualitaria y la derecha liberal, si seguimos pensando que vivimos únicamente bajo las lógicas del sistema capitalistas, si seguimos pensando, finalmente, que el criterio para todo es el individuo moderno. Pero si somos capaces de realizar una torsión intelectual de tal manera que podamos contemplar la tecno-digitalización total como la imposición de un nuevo sistema de organización de la vida, entonces veremos cómo se dibujan de nuevo claramente las fronteras entre las cosas. Como ya sostuve con anterioridad, el problema ya no es (solo) la economía, ya no es (solo) la acumulación, ya no es (solo) las relaciones entre el individuo y la sociedad a la que pertenece, ahora el problema es (sobre todo) la tecnología, es (sobre todo) la dominación, es (sobre todo) la relación que impone este sistema entre la sociedad y su entorno. En pocas palabras, aquel movimiento tecno-aperturista de Obama y el momento de desdigitalización ayusista tienen el sentido que queramos darle a la verdad de que vivimos bajo un nuevo sistema, el sistema Tecnoccidental, que se organiza en torno a la creencia fundamental de que toda necesidad, todo problema y todo deseo humano se satisface, se soluciona y se cumple tecnológicamente, un sistema que, en el límite, depende estructuralmente de la explotación laboral, identitaria, energética y ambiental de las naturalezas tanto humana, como extra-humana.
La incapacidad de Obama para percatarse del cambio de paradigma que supone la tecnologización de la vida, es la misma incapacidad que ha llevado a Ayuso a la respuesta de la desdigitalización. En realidad, ambos siguen las lógicas propias de sus respectivos universos ideológicos, pero dentro de un nuevo paradigma que invierte su significación en el orden antropológico y ecológico. La izquierda, por su lado, tradicionalmente tiende a ver en la tecnología una simple herramienta, útil para la lucha por la inclusión y la igualdad. La derecha, por su parte, tiende a ver la tecnología también como una herramienta, útil para ampliar el alcance de la libertad de los individuos. Pero si la tecnología, lejos de ser una simple herramienta, es ella misma un sistema que instaura una nueva modalidad de relaciones de dominación entre los individuos y con el entorno, entonces, la izquierda, en su lucha por la igualdad y la inclusión, se encontrará a sí misma, por un lado, solicitando la inclusión en un sistema antropológicamente injusto que, en el límite, termina eliminando la autonomía de los individuos, y por otro, abogando por la igualdad en un sistema que requiere de una explotación insostenible de la naturaleza. Por lo que respecta a la derecha, aunque nadie debería dudar del carácter puramente electoralista del movimiento de Isabel Díaz Ayuso, es importante señalar que, en su vertiente tradicionalista, es decir, por motivos equivocados, puede terminar siendo quien ponga las bridas, por un lado, al caballo de la desdigitalización de la infancia por las implicaciones que la tecnología tiene en la pérdida de las “buenas viejas costumbres”, y por otro, al caballo ecologista por las implicaciones tecnológicas en la destrucción de “nuestra tierra, nuestra fauna, nuestra flora”.
En cualquier caso, creer que se puede “usar” la tecnología para bien o para mal, y no ver que la tecnología marca su propia estructura de dominación a la sociedad, que es ella misma un programa vital concreto, y que por tanto los artefactos tecnológicos, desde las tablets a los smartphones, son únicamente herramientas para apuntalar el propio sistema, es lo que lleva a estos enredos en los que un mismo partido de izquierdas puede ser el más ecologista y a la vez el más tecno-digitalista. Esto sucede porque la izquierda hegemónica no atina a comprender que existe una relación estructural entre la tecnología como sistema, y la explotación sistemática de personas y naturaleza. La izquierda hegemónica no logra comprender que ser ecologista pasa, en un sistema tecnocéntrico, por des-tecnologizar la vida. Suya debería ser la lucha por la desdigitalización, lo que sucede es que parece no saber dónde están hoy la justicia y la igualdad, no tiene el criterio para delimitarlas, porque, como hiciera Obama, ha asumido que la justicia y la igualdad se apuntalan tecnológicamente, es decir, se alcanzan dentro de un sistema, que por sistema domina, controla y excluye.
Por lo tanto, siempre desde la izquierda, siempre desde la justicia social y sobre todo ecológica, siempre desde una aspiración a la igualdad ampliada más allá del individuo moderno, debemos entender que, hoy, el problema es pensar que la tecnología no es el problema. El problema es no alcanzar a comprender que el debate sobre la tecnología no es un debate ideológico o político que se dé dentro del sistema liberal tecnocapitalista, sino que es un debate sobre el propio sistema tecnologicista. El debate sobre la tecnología es un debate profundamente cultural que, en última instancia se dirimirá, no ya entre la izquierda y la derecha, si no entre bio-conservadores y tecno-adaptadores, entre aquellos que, más allá de sus posturas políticas anquilosadas, opten por una vida articulada bajo premisas ecológicas, antropológicas y biológicas, y aquellos que opten por articular los problemas ecológicos, humanos y biológicos según exigencias tecnológicas. Cuando estemos en disposición de encarar este nuevo paradigma, dejaremos de asombrarnos por el hecho de que ciertas ideas, en apariencia conservadoras, puedan darse en entornos progresistas, y viceversa.
Así pues, si comenzamos a ver que el poder lo ostenta, más allá del sistema izquierda/derecha, el Sistema Tecnoccidental, si comenzamos a observar que la única lógica que impera es la de tecnologizarlo todo, si empezamos a ver, finalmente, que el único criterio para superar este desastre es el criterio ecológico, es decir, una vida humana inserta en un entorno libre del control y del dominio tecno-digital, entonces estaremos en disposición de bajarnos del carrusel tecnológico, estaremos preparados para lanzar de nuevo la mirada hacia un horizonte en el que las fronteras estén pulcramente marcadas, y sabremos a qué atenernos en este nuevo paradigma en el cual todos los problemas se dirimirán bajo el nuevo binomio existencial “o tecnología o ecología”.
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